Nadie habló durante un buen rato. El plan había fracasado y la expedición de abordaje no había servido para nada.
De repente empezaron a sentir un poco más de viento.
—Debemos haber llegado a mar abierto —dijo el capitán John—. Puede encender esa antorcha, señor oficial, y ver qué descubre.
Susan pasó la linterna rápidamente a su alrededor. No se veían juncos por ninguna parte. A todos lados no había más que agua rizada.
—Hola —gritó Roger—, veo luces muy a lo lejos.
—Luces de Río —dijiste John—. Se acabó. Voy a izar la vela. Sostén la linterna firme mientras tomo un rizo. Hasta papá solía decir: «Nunca te avergüences de tomar un rizo en una embarcación pequeña en la oscuridad».
Reducir el velacho en la oscuridad, aun con la ayuda de una linterna sostenida por un compañero bien dispuesto, no es tarea fácil, pero por fin se hizo y John puso la proa de la Swalllow al viento y izó la vela, mientras Susan tomaba la caña del timón y la escota mayor.
—Ponedla a estribor —dijo John en cuanto el barco arrancó—, y mantenedla bien atiborrada de viento. Tenemos que asegurarnos de pasar con holgura las rocas de la punta.
Aun con el arrecife ahí abajo, había suficiente viento como para hacer que la Swallow avanzara rápidamente por el agua con un rumor constante de ondas bajo la proa.
—Navegamos rumbo este —dijo John al poco rato.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Susan.
—Mira —dijo John.