alfombras y en la parte inferior de cada pieza de mobiliario. Bajó las persianas para comprobar que no se hubiera enrollado nada en ellas para ocultarlo. Se asomó por las ventanas para ver si colgaba algo por fuera debajo de ellas. Hundió un tenedor en los polvos y botes de crema del tocador. Sostuvo atomizadores y botellas contra la luz. Examinó platos, sartenes, comida y recipientes de alimentos. Vació el cubo de basura sobre hojas de periódico extendidas. Abrió la tapa de la cisterna en el baño, la vació y miró fijamente en su interior. Examinó y comprobó las rejillas metálicas de los desagües de la bañera, el lavabo, el fregadero y el pilón de lavar.
No encontró el pájaro negro. No encontró nada que pareciera tener relación alguna con un pájaro negro.
Lo único escrito que halló fue un recibo de hacía una semana por el alquiler mensual del apartamento que Brigid O'Shaughnessy había pagado. Lo único que encontró que le interesara lo suficiente como para retrasar su búsqueda mientras lo miraba fue un puñado doble de joyas bastante finas dentro de una caja policromada en un cajón con llave del tocador.
Cuando hubo terminado, preparó y se tomó una taza de café. Luego abrió la cerradura de la ventana de la cocina, rayó un poco el borde de esta con su navaja, abrió la ventana —sobre una escalera de incendios—, fue a buscar su sombrero y su abrigo al sofá de la sala de estar y salió del departamento tal como había entrado.
De camino a casa se detuvo en una tienda que estaba abriendo un tendero regordete, con los ojos hinchados y tiritando, y compró naranjas, huevos, panecillos, mantequilla y crema.
Spade entró silenciosamente en su apartamento, pero antes de haber cerrado tras de sí la puerta del pasillo, Brigid O’Shaughnessy gritó: «¿Quién es?».