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nydus/The Maltese FalconPublic
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XVIII

Cairo gritó con voz aguda por la indignación:

—¿Y si se los entregamos a usted, señor Spade, o a la señorita O'Shaughnessy? ¿Qué le parece eso ya que tiene tanto empeño en entregar a alguien?

Spade sonrió al levantino y le respondió con voz tranquila: —Ustedes quieren el halcón. Yo lo tengo. Un cabeza de turco forma parte del precio que pido. En cuanto a la señorita O’Shaughnessy —su mirada desapasionada se desplazó hacia el rostro pálido y perplejo de ella y luego volvió a Cairo, y sus hombros se encogieron una fracción de pulgada—, si cree que se la puede apañar para el papel, estoy perfectamente dispuesto a discutirlo con usted.

La muchacha se llevó las manos a la garganta, lanzó un breve grito ahogado y se alejó aún más de él.

Cairo, con el rostro y el cuerpo crispados por la emoción, exclamó:

«Parece olvidar que usted no está en posición de exigir nada».

Spade se rio, un ronco y despectivo bufido.

Gutman dijo, con una voz que intentaba hacer que la firmeza resultara amable:

—Vamos, caballeros, mantengámonos en un plano de amistad; pero sin duda hay —se dirigía a Spade— algo de razón en lo que dice el señor Cairo. Hay que tener en cuenta el...

—Los cojones tengo que hacerlo. Spade soltó sus palabras con una clase de descuido brutal que les dio más peso del que habrían podido obtener mediante el énfasis dramático o el

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