El muchacho levantó los ojos hacia la boca de Spade y habló con la voz tensa de alguien que sufre dolor físico:
«Como sigas jodiéndome, vas a tener que sacarte plomo del ombligo».
Spade rizó el rastro. —Cuanto más barato es el rampa, más llamativa es la labia —dijo alegremente—. Bueno, vámonos.
Subieron por Sutter Street codo con codo. El muchacho llevaba las manos en los bolsillos del abrigo. Caminaron poco más de una manzana en silencio. Entonces Spade preguntó amablemente:
«¿Cuánto tiempo hace que dejaste el robo de ropa blanca, hijo?».
El muchacho no dio muestras de haber oído la pregunta.
—¿Alguna vez —empezó Spade y se detuvo. Una suave luz comenzó a brillar en sus ojos amarillentos. No volvió a dirigirse al muchacho.
Entraron en el Alexandria, subieron hasta el duodécimo piso y caminaron por el corredor hacia la suite de Gutman. No había nadie más en el corredor.
Spade se rezagó un poco, de modo que, cuando se encontraban a unos cuatro metros y medio de la puerta de Gutman, iba tal vez medio metro por detrás del muchacho. Se inclinó hacia un lado de repente y agarró al muchacho por detrás de ambos brazos, justo por debajo de los codos. Le empujó los brazos hacia adelante de manera que las manos del muchacho, dentro de los bolsillos del abrigo, levantaron la prenda frente a él. El muchacho forcejeó y se retorció, pero era impotente en las garras del hombre grandote. El muchacho tiró patadas hacia atrás, pero sus pies