—Miles —dijo Spade con voz ronca— era un hijo de puta. Lo descubrí la primera semana que trabajamos juntos y tenía la intención de echarlo en cuanto se acabara el año. No me hiciste ni el más jodido daño al matarlo.
“¿Y luego?”
Spade retiró su mano de la de ella. Ya no sonreía ni hacía muecas. Su rostro amarillo y húmedo estaba rígido y profundamente surcado. Sus ojos ardián con locura. Dijo: —Escucha. Esto no sirve de maldita nada. Nunca me vas a entender, pero lo intentaré una vez más y luego lo dejaremos. Escucha. Cuando matan al socio de un hombre, se supone que debe hacer algo al respecto. No importa lo que pensaras de él. Era tu socio y se supone que debes hacer algo al respecto. Luego está el hecho de que estábamos en el negocio de los detectives. Bien, cuando matan a uno de los miembros de tu organización, es un mal negocio dejar que el asesino se salga con la suya. Es malo en todos los sentidos: malo para esa organización en particular, malo para todos los detectives en todas partes. Tercero, soy un detective y esperar que persiga a los criminales y luego los deje libres es como pedirle a un perro que cace un conejo y lo deje ir. Se puede hacer, claro, y a veces se hace, pero no es lo natural. La única manera en que podría haberte dejado ir era dejando ir a Gutman y a Cairo y al muchacho. Eso es...—
—No hablas en serio —dijo ella—. No pretenderás que piense que estas cosas que estás diciendo son razón suficiente para enviarme al...
“Espera a que termine y luego podrás hablar. Cuarto, sin importar lo que quisiera hacer ahora, me sería absolutamente imposible dejarte marchar sin que a mí mismo me arrastren a la horca con los demás. Después, no tengo ni la más remota razón para pensar que puedo confiar en ti y, si hiciera esto y me saliera con la mía, tendrías algo contra mí que podrías usar siempre que te viniera en gana. Van cinco.