—Me niego a adivinar. Me tomaría por loco. No lo sé. Es imposible saber hasta dónde podría llegar, señor, y esa es la única y absoluta verdad al
Spade se estiró el labio inferior, que colgaba flojo, contra el superior. Sacudió la cabeza con impaciencia. Un brillo agudo y asustado se despertó en sus ojos, y fue sofocado por la turbiedad cada vez más densa. Se puso de pie, ayudándose con las manos en los brazos de su sillón. Volvió a sacudir la cabeza y dio un paso vacilante hacia adelante. Rió con voz ronca y musitó: «Maldita sea».
Gutman se levantó de un salto y echó su silla hacia atrás. Sus globos de grasa se tambalearon. Sus ojos eran agujeros oscuros en una cara rosada y aceitosa.
Spade giró la cabeza de un lado a otro hasta que sus ojos apagados apuntaron —si bien no enfocaron— hacia la puerta. Dio otro paso inseguro.
El hombre gordo llamó con brusquedad: —¡Wilmer!
Se abrió una puerta y el muchacho entró.
Spade dio un tercer paso. Su rostro era gris ahora, con los músculos de la mandíbula sobresaliendo como tumores bajo las orejas. Sus piernas no volvieron a enderezarse tras el cuarto paso y sus ojos turbios casi estaban cubiertos por los párpados. Dio el quinto paso.
El muchacho se acercó y se detuvo cerca de Spade, un poco delante de él, pero sin interponerse directamente entre Spade y la puerta. La mano derecha del muchacho estaba dentro del abrigo, sobre el corazón. Las comisuras de los labios le temblaban.
Spade probó su sexto paso.