pues, en que podría haber evitado estar enfermo, pero ahora que se ha dejado ir ya no puede más; así como quien ha soltar una piedra de su mano no puede volver a llamarla,83 y sin embargo dependía de él apuntar y arrojarla, porque el origen estaba en su poder. Del mismo modo, el hombre injusto, y el que ha perdido todo autocontrol, podrían originalmente haber evitado ser lo que son, y por eso son voluntariamente lo que son; pero ahora que han llegado a serlo ya no tienen el poder de ser de otra manera.
Y no solo las enfermedades mentales son voluntarias, sino que las corporales lo son también en algunos hombres, a quienes por ende culpamos: pues a nadie se le culpa por ser naturalmente deforme, sino solo a quienes lo son por falta de ejercicio y descuido; y lo mismo ocurre con la debilidad y la mutilación: a nadie se le ocurriría reprochar, sino más bien compadecer, a un hombre ciego de nacimiento, o por enfermedad, o por un accidente; mas todos culparían a quien lo estuviera por exceso de vino o por cualquier otro tipo de intemperancia.
Parece, pues, que respecto a las enfermedades corporales, aquellas que dependen de nosotros son censuradas, y las que no, no son censuradas; y si esto es así, entonces en el caso de los trastornos mentales, aquellos que son censurados deben depender de nosotros.
Pero supongamos que alguien dice: «que (por nuestra propia admisión) todos los hombres aspiran a aquello que transmite a sus mentes la impresión de bien, y que los hombres no tienen control sobre esta impresión, sino que el Fin imprime en cada uno una noción correspondiente a su propio carácter individual; que ciertamente, si cada hombre es en cierto modo la causa de su propio estado moral, también lo será del tipo de impresión que recibe: mientras que, si esto no es así, nadie es causa para sí mismo de realizar acciones malas, sino que las comete por razón de la ignorancia del verdadero Fin, suponiendo que mediante ellas asegurará el bien supremo».