de Mill es mucho menos coherente: a veces distingue y a veces identifica la felicidad, el placer, el contentamiento y la satisfacción. Oscila entre la creencia en su alcanzabilidad general y la ausencia de esperanza. Mezcla de un modo arbitrario ingredientes tales como «no esperar de la vida más de lo que es capaz de otorgar», «el cultivo mental», «unas leyes mejoradas», etc., y, de hecho, deja todo el concepto vago, difuso e incierto. Aristóteles traza el esquema con mano más firme y presenta un ideal más definido. Da cabida a la influencia sobre la felicidad de condiciones que solo están parcialmente —si es que lo están— bajo el control del hombre, pero deja claro que el factor determinante de la felicidad del hombre es él mismo, más en particular en lo que hace directamente de su propia naturaleza y, por tanto, indirectamente de sus circunstancias. > «De nosotros depende ser así o asá» Pero, una vez más, esto no implica un aislamiento artificial o abstracto del agente moral individual con respecto a su relación con otras personas o cosas, ni respecto a su contexto en la sociedad y la naturaleza, ni ignora la dependencia relativa de su vida de un entorno favorable.
El factor principal que determina el éxito o el fracaso en la vida humana es la adquisición de ciertos poderes, ya que la felicidad no es más que el ejercicio o despliegue de estos en la vida real; todo lo demás es secundario y subordinado.
Estas facultades surgen del debido desarrollo de ciertas aptitudes naturales que pertenecen (en diversos grados) a la naturaleza humana como tal y, por tanto, a todos los seres humanos normales. En su forma desarrollada se conocen como virtudes (el término griego significa simplemente «bondades», «perfecciones», «excelencias» o «aptitudes»), algunas de ellas son físicas, pero otras son psíquicas, y