Si, por tanto, el ser feliz consiste en vivir y obrar, y la obra del hombre de bien es en sí misma excelente y placentera (como dijimos al comienzo del tratado), y si lo que es propio nuestro se cuenta entre las cosas placenteras, y si podemos contemplar a nuestros prójimos mejor que a nosotros mismos y las acciones ajenas mejor que las propias, entonces las acciones de sus Amigos que son hombres de bien son placenteras para el hombre de bien; puesto que poseen ambos requisitos que son por naturaleza placenteros.
Así, el hombre en el estado más alto de felicidad necesitará Amigos de esta clase, ya que desea contemplar acciones buenas, y acciones propias, las cuales son las de su amigo, siendo este un hombre de bien.
Nuevamente, la opinión común exige que el hombre feliz viva con placer para consigo mismo: ahora bien, la vida es gravosa para el hombre en la soledad, pues no es fácil obrar continuamente uno solo, pero en compañía de otros y en relación con ellos es más fácil, y por tanto la acción, siendo placentera en sí misma, será más continua (algo que debe ser respecto al hombre feliz); pues el hombre bueno, en tanto que bueno, se complace en las acciones que concuerdan con la Virtud y se disgusta con aquellas que provienen del Vicio, tal como al músico le complace la bella música y le disgusta la mala. Y además, como dice Teognis, la virtud misma puede mejorarse con la práctica, a partir de la convivencia con los buenos.
Y, en virtud de las siguientes consideraciones de índole más puramente metafísica, probablemente parecerá que el buen amigo es por naturaleza digno de ser elegido por el hombre bueno. Hemos dicho antes que todo lo que es naturalmente bueno es también en sí mismo bueno y agradable para el hombre bueno; ahora bien, el hecho de vivir, por lo que respecta a los animales, se caracteriza por lo general por la capacidad de sensibilidad, y en el hombre se caracteriza por la de sensibilidad o la de racionalidad (refiriéndose la facultad, por supuesto, a la operación real de la facultad,