Pero a veces es difícil decidir qué tipo de cosa debe elegirse en lugar de qué otra, o qué soportarse con preferencia a qué, y mucho más mantenerse fiel a las decisiones propias: pues, por lo general, las alternativas son dolorosas y las acciones requeridas son abyectas, y así se concede la alabanza o la blanda culpa según las personas hayan sido compelidas o no.
¿Qué clase de acciones, entonces, deben llamarse forzosas? ¿Podemos decir, simple y abstractamente, que son aquellas cuya causa es externa y en las que el agente no aporta nada; y que aquellas que son en sí mismas tales que uno no desearía, pero que son dignas de elección en el momento presente y en preferencia a tales o cuales cosas, y cuyo principio reside en el agente, son en sí mismas involuntarias, pero en el momento dado y en preferencia a tales o cuales cosas son voluntarias? Y se parecen más a las voluntarias que a las involuntarias, porque las acciones consisten en pequeños detalles, y estos son voluntarios.
Pero qué clase de cosas se deben elegir en lugar de cuáles, no es fácil de precisar, pues hay muchas diferencias en los casos particulares.
Pero supongamos que alguien dijera que las cosas agradables y honorables ejercen una fuerza compulsiva (puesto que son externas y ciertamente compelen); bajo ese criterio, toda acción es por compulsión, porque estos son motivos universales de acción.
Nuevamente, quienes actúan por compulsión y en contra de su voluntad lo hacen con dolor; mas quienes actúan en razón de lo placentero o lo honorable actúan con placer.
Es verdaderamente absurdo que un hombre atribuya sus acciones a cosas externas en lugar de a su propia capacidad para dejarse atrapar fácilmente por ellas;70 o, de nuevo, atribuirse a sí mismo lo honorable y achacar lo despreciable al placer.