En segundo lugar, se considera que la experiencia y la pericia en los diversos asuntos son una especie de valor; por lo cual también Sócrates pensaba que el valor era conocimiento.89
Esta cualidad es manifestada, por supuesto, por distintos hombres bajo diferentes circunstancias, pero en los asuntos bélicos, de los que ahora nos ocupamos, la muestran los soldados («los de tropa»): pues hay, al parecer, muchas cosas en la guerra carentes de verdadera importancia90 que estos han estado viendo constantemente; así, muestran una apariencia de valor porque los demás no son conscientes de la verdadera naturaleza de estas cosas.
Luego, además, debido a su destreza, son más capaces que ningún otro de infligir daño sin sufrir ellos mismos, porque saben usar sus armas y disponen de las más útiles tanto para el ataque como para la defensa; de modo que su situación es paralela a la de hombres armados que luchan contra desarmados o atletas entrenados contra aficionados, ya que en contiendas de este tipo los mejores combatientes no son los hombres más valientes, sino los más fuertes y los que se encuentran en mejor forma.
En realidad, las tropas regulares llegan a ser cobardes siempre que el peligro es mayor que sus medios para hacerle frente; suponiendo, por ejemplo, que son inferiores en número y recursos: entonces son los primeros en huir, mientras que la simple milicia resiste y cae en el terreno (lo que, como sabes, ocurrió en realidad en el Hermeion),91
pues ante los ojos de estos la huida era vergonzosa y la muerte preferible a la salvación comprada a tal precio: mientras que «los regulares» se habían lanzado originalmente al peligro bajo la idea de su propia superioridad, pero al descubrir su error emprendieron la huida,92
sintiendo mayor temor a la muerte que a la deshonra; pero este no es el sentimiento del hombre valiente.