En efecto, es propio de brutos complacerse en tales cosas y que sean las que más gusten; pues los más respetables de los placeres derivados del tacto han sido dejados de lado; aquellos, por ejemplo, que se producen en el transcurso del entrenamiento gimnástico por el masaje y el baño caliente: porque el tacto del hombre desprovisto de autocontrol no se ejerce indiferentemente sobre cualquier parte del cuerpo, sino únicamente sobre partes determinadas.
Ahora bien, de los deseos o apetitos, unos se consideran universales, otros peculiares y adquiridos; así, el deseo de alimento es natural, puesto que todo aquel que verdaderamente lo necesita desea también alimento, ya sea sólido o líquido, o ambos (y, como dice Homero, el hombre en la flor de la juventud necesita y desea la unión con el otro sexo); pero cuando llegamos a este o aquel tipo en particular, entonces el deseo no es universal ni se dirige en todos los hombres a los mismos objetos.
Y, por tanto, la concepción de tales deseos se adhiere claramente a nosotros como individuos. Debe admitirse, sin embargo, que hay algo natural en ello: porque cosas distintas resultan placenteras a hombres distintos, y la preferencia por ciertos objetos particulares frente a otros cualesquiera es universal.
Pues bien, en el caso de los deseos que son estricta y propiamente naturales, pocos hombres se equivocan y todos en una sola dirección, es decir, del lado del exceso: quiero decir que comer y beber de la comida que por casualidad hay en la mesa hasta llenarse en exceso es rebasar en cantidad el límite natural, ya que el deseo natural es simplemente la satisfacción de una necesidad real.
Por esta razón, a estos hombres se les llama esclavos del vientre, por llenarlo más de lo debido, y son los de condición servil quienes adquieren este carácter.
Pero con respecto a los placeres peculiares, muchos hombres se equivocan y de muchas maneras diferentes; pues, así como la expresión