De modo que el hombre magnánimo se comporta como debe respecto al honor y al deshonor. De hecho, sin necesidad de palabras, los magnánimos tienen claramente al honor por objeto: puesto que el honor es aquello de lo que los grandes se consideran especialmente dignos, y según una cierta medida.
El hombre de espíritu mezquino es deficiente, tanto respecto a sí mismo como en la estimación del magnánimo; mientras que el vanidoso incurre en exceso respecto a sí mismo, pero no supera al magnánimo.
Ahora bien, siendo el magnánimo, por hipótesis, digno de las cosas más grandes, debe de poseer la más alta excelencia, puesto que cuanto mejor es un hombre, mayor es su valor, y el que es mejor vale lo máximo: se sigue entonces que, para ser verdaderamente magnánimo, un hombre debe ser bueno, y todo lo que hay de grande en cada virtud parecería pertenecer al magnánimo.
De ningún modo correspondería al carácter del magnánimo huir agitando las manos por todas partes, ni inferir daño a nadie; pues ¿con qué fin cometería una bajeza aquel ante cuyos ojos nada es grande? En suma, si uno entrara en detalles, el hombre magnánimo resultaría de lo más ridículo a menos que fuera un hombre bueno; de hecho, no sería merecedor de honor si fuera un hombre malo, siendo el honor el premio de la virtud y el galardón de los buenos.
Esta virtud, pues, de la Magnanimidad parece ser una especie de adorno de todas las demás virtudes, en cuanto que las hace mejores y no puede darse sin ellas; y por esta razón es asunto difícil ser real y verdaderamente magnánimo; pues no puede darse sin una bondad cabal y una nobleza de carácter.
El honor, pues, y el deshonor son de manera especial la materia propia del hombre magnánimo: y con el honor que sea grande y otorgado por hombres buenos se complacerá moderadamente, como si recibiera lo