Aristóteles no establece una distinción rígida entre las esferas de acción del Hombre como individuo y del Hombre como ciudadano. Tampoco la división de su discusión en la Ética y la Política descansa sobre tal distinción. La distinción implícita se establece más bien entre dos etapas en la vida del hombre civilizado: la etapa de preparación para la vida plena del ciudadano adulto, y la etapa del ejercicio o disfrute efectivo de la ciudadanía. De ahí que la Ética, donde su atención se centra en la formación del carácter, sea en gran medida y de manera fundamental un tratado sobre Educación Moral. En ella se discuten especialmente aquellas admirables cualidades humanas que preparan al hombre para la vida en una comunidad cívica organizada, que lo hacen «un buen ciudadano», y se considera cómo pueden fomentarse o crearse y cómo prevenir sus opuestas.
Este es el meollo de la Ética, y todo lo demás está subordinado a este interés y propósito principal. Sin embargo, «lo demás» no es irrelevante; toda la situación en la que el carácter se desarrolla y opera está concebida de manera concreta. Hay una base de lo que llamaríamos psicología, esbozada con trazos firmes; no se ignoran los presupuestos más profundos ni las cuestiones más amplias del carácter y la conducta humanos, y hay no poco de lo que llamaríamos metafísica. Pero ni la psicología ni la metafísica se desarrollan en detalle, y solo se expone aquello que parece necesario para situar los hechos principales en su perspectiva y contexto adecuados. Es esta combinación de amplitud de miras con una atenta observación de los hechos concretos de la conducta lo que confiere a la obra su valor perdurable y justifica que se la considere como la exposición de la filosofía moral de Aristóteles. Tampoco es importante meramente por resumir los juicios y especulaciones morales de una época ya muy lejana. A