Y del mismo modo, los hombres piensan que el saber qué es justo y qué es injusto no es gran muestra de sabiduría porque no es difícil comprender aquellas cosas de las que hablan las leyes. Olvidan que estas no son acciones justas, excepto por accidente: para ser justas deben realizarse y distribuirse de cierta manera; y esta es una tarea más difícil que saber qué cosas son saludables; pues en esta rama del conocimiento es cosa fácil conocer la miel, el vino, eléboro, el cauterio o el uso del cuchillo, mas el saber cómo se deben administrar estos con vistas a la salud, y a quiénes y en qué momento, equivale de hecho a ser médico.
De este mismo error suponen también que el obrar injustamente está igualmente en el poder del hombre justo, pues el hombre justo no menos, antes bien aún más que el injusto, puede ser capaz de realizar los actos particulares; puede ser capaz de yacer con una mujer o golpear a un hombre; o el hombre valiente, de arrojar su escudo y volverse de espaldas y huir en uno u otro sentido.
Es verdad: mas no es el mero hecho de hacer estas cosas lo que constituye actos de cobardía o de injusticia (excepto por accidente), sino el hacerlas con ciertas disposiciones internas; del mismo modo que no es el mero hecho de usar o no usar el cuchillo, de administrar o no administrar ciertos medicamentos, lo que constituye el tratamiento médico o la curación, sino hacer estas cosas de un modo particular y determinado.
Nuevamente los principios abstractos de la Justicia tienen su ámbito entre aquellos que participan de lo abstractamente bueno, y que pueden tener demasiado o muy poco de esto.121
Ahora bien, hay seres que no pueden tener demasiado de ello, como tal vez los dioses; hay otros, de nuevo, a quienes ninguna partícula de ello les es útil, aquellos que son incurablemente perversos a quienes todas las cosas les son nocivas; otros a quienes les son útiles hasta cierto punto: por esta razón entonces el ámbito de la Justicia está entre los Hombres.