con sentimentalismo. Este es el fin que debemos alcanzar para lograr cualquier mejora permanente y eficaz en las condiciones de la infancia. Es necesario disuadir e impedir la paternidad a cierto número de personas, y hay que mejorar una gran cantidad de hogares. ¿Cómo podemos garantizar estos fines, o hasta qué punto podemos avanzar hacia su garantía?
El primer paso para garantizarlos es sin duda hacer todo lo posible por desalentar la procreación imprudente y hacerla improbable y difícil.
Debemos asegurarnos de que, hagamos lo que hagamos por los niños, el peso de la responsabilidad parental no se aligere ni un ápice. Toda la experiencia de doscientos años de beneficencia y legislación de pobres lo confirma.
Pero una cosa es aceptar eso como un principio fundamental, y otra muy distinta aplicarlo utilizando a un infeliz niñito como instrumento nuestro en el castigo ejemplar de su progenitor.
En la actualidad esa es nuestra atroz práctica. Mientras los padres no sean criminales convictos, mientras no ejerzan una crueldad punible sobre su prole, mientras los propios niños no incurran en la criminalidad, insistimos en que el progenitor "mantenga" al niño.
Puede ser evidente que el niño está mal alimentado, tratado con dureza, mal vestido, sucio y viviendo en un entorno dañino tanto para el cuerpo como para el alma, pero nosotros nos limitamos a tomar a la temblorosa víctima dañada y a señalarle la moraleja al padre.
«Esto es lo que resulta de tu irresponsabilidad», le decimos. «¿No te da vergüenza?».
Y tras unas meditaciones inescrutables, el cariñoso progenitor suele respondernos enviando al niño a pedir limosna o a vender cerillas, o con alguna réplica igualmente eficaz.