en esta monarquía nuestra, en la que se colma de honores a la acumulación de dinero, incluso si es una acumulación de dinero que no aporta nada a la riqueza o eficiencia colectiva, y se le niegan a los más espléndidos servicios públicos a menos que también sean remunerados; donde el aplauso público es la recompensa de los jugadores de críquet, guerrilleros hostiles, autores vocingleros, tenderos aficionados a las regatas y generales desesperadamente incapaces, y donde la sospecha y el ridículo son la suerte de todo hombre que trabaja duro y vive con estrecheces por cualquier fin que rebase la comprensión de un cochero; en este Imperio de alcance mundial cuyo Gobierno se confía por sistema a los pares y se le niega por sistema a cualquier hombre de origen humilde; donde la presión social de la índole más apremiante obliga a todo gerente comercial competente a vender su negocio a una sociedad anónima y convertirse en «caballero» a la primera oportunidad, la energía nacional va decayendo. Ese celo propulsor, ese vigor práctico que antaño distinguió a los ingleses es cada vez menos perceptible. Nuestros obreros ya no se enorgullecen de su trabajo, eluden la fatiga y juegan a las apuestas. Y lo que es peor, el patrono tampoco se enorgullece de las obras; él también elude la fatiga y juega a las apuestas. Nuestros jóvenes de clase media, en vez de entregarse de lleno al estudio, a la investigación, a la literatura, a empresas comerciales de amplio alcance, a esa parte del servicio público que no está reservada a los hijos de buena familia, practican deportes, muestran una desgana casi oriental ante el trabajo y el deber, y parecen considerar que es de buena educación hacerlo. Y buscando alguna razón y algún remedio para este notable fenómeno, una serie de caballeros patriotas han descubierto que las Escuelas, las Escuelas son las culpables. Hay que agitar algo parecido a una Reforma sobre nuestras escuelas.
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V. Las fuerzas creadoras de hombres del Estado moderno
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