He aquí de nuevo algo que la escuela no causó, ni la escuela puede curar.
Y en materia sexual, en materia política, en materia social y en materia financiera descubrirán que la mente fofa, de pecho estrecho y mal entrenada que se oculta bajo el aspecto impecable del joven inglés típico está cargada de una elaborada duplicidad.
Bajo el manto de una gran tradición de buen tono y apariencias irreprochables, hallarán ciertas incredulidades complejas, algunas prácticas extrañas. Rastrearán su código moral principalmente hasta sus compañeros de escuela y los íntimos de su primera juventud, y si pudieran remontarlo, seguirían una tradición ininterrumpida desde los días de la Restauración.
Tan pronto como penetra en las realidades de la vida que lo rodea, encuentra un respaldo, amplio y completo, para ese código secreto. El maestro de escuela no lo ha tocado; el púlpito escolar ha retumbado en vano sobre su desarrollo.
Tampoco ha hecho el maestro nada a favor ni en contra de las opiniones políticas del joven, de sus ideas de exclusividad social, del peculiar código de honor que hace que sea vergonzoso estafar a un cochero y permisible obtener bienes a crédito de un comerciante sin tener los medios para pagar.
Todo este gran componente artificial de nuestro joven caballero inglés se forjó fuera de la escuela, y solo puede remediarse mediante fuerzas extraescolares.