Nuestra práctica máxima aquí ha de ser empírica. No conocemos los elementos de lo que poseemos, las características humanas sobre las que estamos trabajando para conseguir ese fin. Las afinidades sentimentalizadas de los jóvenes en su primavera tienen tantas probabilidades de resultar en el mejoramiento de la raza a este respecto como toda la ciencia de la antropología en su estado actual de evolución.
He sugerido que la «belleza» es un término que se aplica a un conglomerado de resultados sintéticos compuestos de diversos elementos en diversas proporciones; y he sugerido que uno no puede generalizar al respecto en relación con la herencia con esperanza alguna de aplicación efectiva, del mismo modo que no se puede generalizar acerca de, digamos, las «sustancias grumosas» en relación con la combinación química.
Siguiendo razonamientos totalmente paralelos, casi todas las características de las que se ocupa el Sr. Galton en sus obras —interesantes y sugerentes, pero del todo inconcluyentes— pueden demostrarse como un conglomerado similar. Habla de «eminencia», de «éxito», de «capacidad», de «celo» y «energía», por ejemplo, y, a excepción de los dos últimos elementos, sostendría que estas cualidades, aunque de un valor personal enorme, carecen por completo de valor práctico en la herencia; que unir «capacidad» con «capacidad» puede engendrar algo inferior a la mediocridad, y que la «capacidad» tiene tantas probabilidades o improbabilidades de ser prepotente y de manifestarse en la descendencia con una pareja seleccionada al azar como con una elegida con todo el conocimiento, o más bien seudoconocimiento, que la antropología en su estado actual puede proporcionarnos.
Cuando, sin embargo, pasamos al «celo», a la «energía» o al «empuje», sí parece que estamos tratando con algo más simple y transmisible.