públicos, a nuestros partidos e instituciones reunidos en un gran salón, y en este salón un enorme caño, que nadie puede detener, descarga un bebé cada ocho segundos. Esa es, a mi juicio, una imagen admisible de la vida humana, y todo aquello que no esté representado en absoluto en ese cuadro es una preocupación divergente y secundaria. Nuestro éxito o fracaso con esa corriente interminable de bebés es la medida de nuestra civilización; cada institución se sostiene o se derrumba por su contribución a ese resultado, por el perfeccionamiento de los niños nacidos o por la mejora en la calidad de los nacimientos lograda bajo su influencia.
Para comenzar estas especulaciones en orden lógico debemos empezar por el punto de origen, debemos empezar preguntándonos cuánto podemos esperar, ahora o en un momento posterior, mejorar la provisión de esa materia prima que se arroja perpetuamente en nuestras manos. ¿Podemos elevar, y de ser así, qué podemos hacer para elevar la calidad del nacimiento promedio?
Esta especulación es al menos tan antigua como Platón, y tan viva como los siete u ocho bebés nacidos en el mundo de habla inglesa desde que el lector comenzó este artículo.
La conclusión de que, si pudiéramos prevenir o desalentar que los tipos de personas inferiores tengan hijos, y si pudiéramos estimular y alentar a los tipos superiores a crecer y multiplicarse, elevaríamos el nivel general de la raza, es tan simple, tan obvia, que supongo que en todas las épocas ha habido voces que preguntan con asombro por qué no se hace tal cosa.
Es tan habitual responder que no se hace debido a la ignorancia popular, la estupidez pública, los prejuicios religiosos o la superstición, que no me disculparé por dedicarle aquí un poco de espacio a la sugerencia de que, en realidad, no se hace por una razón completamente distinta.