una puerta principal —incluso si tuviera una puerta interior cortacorrientes— que diera a la calle. En lugar de una amplia cocina en la que se puedan tomar las comidas y otra estancia en la que transcurra el resto de la vida, cubriendo ambas el solar de la casa, la distinción social respecto al sirviente invade el espacio de la vivienda primero al hacer necesario un pasillo hacia una puerta lateral, y segundo al fragmentar el interior en un «comedor» y un «salón». La economía de combustible durante todo el invierno y la economía de los mejores muebles siempre, mantiene a la familia en el comedor bastante constantemente, pero ahí está el salón como un hecho concreto. Aunque el tiempo del salón es inevitable, la familia se apañará bastante bien sin cuarto de baño. Puede que se laven todo el cuerpo ocasionalmente, o puede que no. Probablemente no haya cincuenta libros en la casa, pero llega un periódico diario y Tit Bits, Pearson’s Weekly, o quizás M.A.P., Modern Society, o alguna luminaria semejante de las altas esferas, y una revista de modas barata, aparecen a intervalos irregulares para complementar esta literatura.
La esposa vive para realizar el ideal de la «señora» —el título de señora se lo cede a la aristocracia— y se empeña en tener un criado, por pequeño que sea. Este infeliz criado, a menudo una mera criatura de catorce o quince años, vive a solas en una cocina diminuta y duerme en una buhardilla sin calefacción. Para huir de compañeros vulgares, los niños de la casa evitan las escuelas elementales —las llamadas escuelas públicas en América—, donde hay profesores capacitados y eficientes, buenos aparatos y un ambiente de laboriosidad, y van a uno de esos antros miserables de impostura desordenada, una escuela de clase media, donde un fracaso absoluto en la formación o la educación se adereza con fariseísmo religioso, clases de piano, clases de francés «hecho en Inglaterra», birretes para los niños y un tono social elevado.