El contraste efectivo no debe llevarnos demasiado lejos. Debemos recordar que no todas las mujeres poseen la pasión por la crianza, y que algunas de las que carecen de ella pueden ser, a pesar de todo, mujeres de dones y capacidad excepcionales, y plenamente capaces de tener descendencia. La civilización se basa en la subdivisión organizada del trabajo y, como la inteligente dama que escribe bajo el seudónimo de «L’amie Inconnue» en el County Gentleman ha señalado en una crítica muy útil de la versión original de este artículo, es tan absurdo exigir que toda mujer sea una madre de guardería como exigir que todo hombre cultue la tierra. Avanzamos de condiciones homogéneas a heterogéneas, y debemos desconfiar de toda generalización que hagamos.
A pesar de todo, uno se inclina a pensar que el entorno medio ideal debería contener la presencia casi constante de la madre, pues nadie tiene tantas probabilidades de ser continuamente variada, interesante e incansable como ella, y solo como excepción, para madres y enfermeras excepcionales, podemos admitir a la sustituta de la madre. Cuando la admitimos, admitimos otras cosas.
Es enteramente debido a un entorno tan ideal, debemos recordarlo, por lo que la monogamia encuentra su sanción práctica; pretende asegurar a la madre que preside el máximo de seguridad y respeto por sí misma.
Una mujer que goza de los plenos derechos de esposa al sustento y a la atención exclusiva, sin un cumplimiento completo de los deberes de la maternidad, se beneficia de la imputación de cosas que no ha llegado a realizar. Puede estar justificada por otras cosas, por una cooperación eficaz con su marido en labores conjuntas, por ejemplo, pero no por ello ha dejado de alterar su posición.
Asegurar un entorno ideal para los niños en tantos casos como sea posible es el segundo de los dos grandes fines prácticos (siendo el primero