otro, la mayoría de estas formas son adquiridas por todos los niños, pero no hay razón para que su adquisición no sea vigilada con la ayuda de una lista sabiamente elaborada, y cualquier deficiencia no sea suplida de forma deliberada y cuidadosa. Tendría que ser una lista sabiamente elaborada, exigiría el máximo esfuerzo de la mejor inteligencia, y por eso se necesita algo más que la empresa mercantil de los editores en esta labor. El ideal del editor respecto al autor de una obra educativa es una muchacha avispada en la adolescencia que trabaja para ganar dinero de bolsillo. Lo que hace falta es un pequeño libro por excelencia, mejor y más barato de lo que cualquier editor, publicando con ánimo de lucro, podría producir jamás, un libro tan bueno que la imitación fuera difícil, y tan barato y de venta universal que ninguna imitación resultara rentable.
Sobre este cimiento de una sólida acentuación y un vocabulario básico debe construirse el tejido general de la lengua. En su mayor parte, esto debe hacerse en la escuela. En la actualidad, en Gran Bretaña, una proporción considerable de maestros y maestras —más particularmente aquellos en escuelas secundarias y privadas— están demasiado mal educados para hacer esto como es debido; hay excelentes razones para suponer que las cosas están muy poco mejor en Estados Unidos; y, para empezar, debe ser preocupación de todo buen nuevo republicano lograr un mejor estado de cosas en esta profesión tan lamentable. Hasta que el maestro sepa leer y escribir, en el sentido más pleno de estas palabras, es vano esperar que él o ella enseñen al alumno a hacer tales cosas. Tal como están las cosas en el presente, el intento apenas se realiza. En las escuelas elementales y secundarias inferiores, se leen a la carrera libros de lectura mal elegidos y se abandonan demasiado pronto en favor de «asignaturas» más pretenciosas, y se hace pasar al alumno por cierto disparate preposterismo llamado gramática inglesa —un material que por fortuna ninguna mente puede retener—.