consistir no solo en criar a los ejemplares deseables, sino en matar a los indeseables o al menos —lo que constituye la quintaesencia, la realidad última de la muerte— en impedir que se reproduzcan.
La tendencia general del pensamiento en el Humanitarian de la señora Martin estaba ciertamente más de acuerdo con esta lectura de la ciencia biológica que las propuestas del señor Galton. Había una insistencia mucho mayor en la necesidad de la «eliminación», en el mal de la «Multiplicación Rápida de los Incapaces», un término que, sin embargo, nunca se definía y que, según creo, en realidad no significaba nada en particular en este contexto.
Y tan pronto como uno intenta definirlo, tan pronto como se sienta de manera pragmática a aplicar el método de eliminación en lugar del método de selección, uno se enfrenta inmediatamente a un enredo de dificultades casi tan complejo al definir qué rasgos erradicar como al definir qué rasgos propiciar para la reproducción.
Casi, digo, pero no del todo. Pues aquí sí parecen existir, si no certezas, al menos unas pocas probabilidades plausibles que una crítica enérgica y sistemática tal vez pueda pulir hasta convertirlas en generalizaciones con la certeza suficiente como para actuar sobre ellas.
Creo que mucho antes de que la humanidad haya zanjado la cuestión de qué es lo preferentemente deseable en la herencia, cierto número de cosas habrán sido aisladas y definidas como preferentemente indeseables.
Pero antes de que estas sean consideradas, barramos de nuestra consideración actual una serie de ideas crueles y perniciosas que predominan demasiado en el tiempo presente.
La antropología ha sido comparada con una gran región, señalada ciertamente como dentro de la esfera de influencia de la ciencia, pero despoblada y en su mayor parte no subyugada.