Cuanto más inclinados estemos a la municipalización, más imperativo nos resulta buscar, estudiar e inventar, y trabajar para desarrollar los organismos públicos más eficientes que sea posible. Y mi argumento esta noche es que los órganos de gobierno local existentes, sus consejos municipales, concejos de distrito (borough councils), juntas de distrito urbano y demás, están muy lejos de ser, para los fines de la municipalización, los mejores organismos posibles, y que incluso sus consejos de condado se quedan cortos; que por su propia naturaleza todos estos organismos tienen que quedarse muy por la zaga de la más alta eficiencia posible y que, a medida que pase el tiempo, fracasarán aún más de lo que lo hacen ahora en el desempeño de las obligaciones que los fabianos querríamos imponerles. Y la razón general por la cual les pediría que condenen a estos organismos y busquen otros más nuevos y amplios antes de llevar la municipalización de los asuntos públicos a su prueba definitiva es esta: que sus áreas de actividad son irrazonablemente pequeñas.
Las áreas dentro de las cuales moldeamos nuestras actividades públicas en la actualidad derivan, a mi juicio, de las necesidades y condiciones de un orden de cosas pasado. Se han remendado y reparado enormemente, pero aún conservan las concepciones esenciales de una organización difunta. Se han remendado y reparado primero para satisfacer esta necesidad específica y urgente y luego aquella, y nunca con una previsión global de las necesidades venideras, y al fin se han vuelto absolutamente imposibles. Son como casas del siglo XV que han estado ocupadas continuamente por una sucesión de propietarios emprendedores pero miopes y tacaños, y que ahora se han convertido en pisos residenciales modernos con el mínimo uso de tabiques de listones y yeso y aparatos de agua caliente de gas. Estas áreas de gobierno local de hoy representan en su mayor parte lo que en otro tiempo fueron comunidades distintas, organizadas de forma