complementarias, hombres severos balbuceando secretos a colegialas, recaderos enamorados, ancianas amorosas, libertinos que se sueñan a sí mismos hombres cabales y llevan a cabo sus extrañas andanzas con demencial autocomplacencia, hermosas y necias personitas ataviadas con las cosas más asombrosas a lo largo de toda la perspectiva histórica —una Visión de Bellas Mujeres— luciendo su porte más soberbiamente consciente, sentimentalistas reptando por cada rincón y dejando rastro como caracoles, cenutrios jóvenes y sofocados contándole al mundo «todo acerca de las mujeres», intrigas, insensateces —tanta como una pluma pueda condensar en la Anatomía del viejo Burton— y, a través de todo ello, una vasta multitud de personas decentes y respetables que fingen haber resuelto por completo el problema, hasta que un día, de manera casi chocante, obtienes su secreto de algo inadvertido que asoma en sus miradas. La más absurda de todas por alguna razón es una figura —uno se siente inclinado con malicia a presentarla como femenina y un tanto poco atractiva, de preferencia con chanclos, y diciendo con voz de llana cultura—: «¿Por qué no podemos ser perfectamente claros y sensatos, y hablar con absoluta franqueza sobre este asunto?». La respuesta a lo cual, uno se imagina, se acercaría a las conclusiones últimas de la Filosofía.
Tanto bulle en torno al llano debate sobre la cuestión de las instituciones sexuales. Uno hace eco de la inteligente pregunta de aquella señora imaginaria, concebida con malicia y calzada con chanclos, con una sonrisa y un suspiro. Bien podría preguntar ella: «¿Por qué no voy a guardar mis sándwiches en el Arca de la Alianza? ¡Hay espacio!». «Claro que hay espacio», responde uno, «pero... Tal como están las cosas, señora, no es aconsejable intentarlo. Vera usted... por una razón: la gente es muy peculiar. La cantidad de piedras sueltas que hay por este vecindario».