que dentro de cien años los antiguos graduados de la madura y venerable Birmingham, llenos de inquina contra las novedades «que ningún tipo puede entender», se amontonarán para votar en contra de la sustitución de alguna asignatura más moderna por «Huxley» —«Huxley» llamarán a la asignatura, y no Anatomía Comparada, siguiendo el modelo de «Euclides»— o en contra de la supresión de la obligatoria «Geografía Comercial del Siglo XIX» o la «Teneduría de Libros a Mano» en el Little Go. > (Y si algún germinante noble fundador leyera estas páginas, le imploraría con toda la seriedad que es posible en letra impresa, que disponga que cada cincuenta años, digamos, el total de su futura fundación entre en disolución, reasigne sus fondos y reorganice todo el mecanismo de su labor.)
La idea de que un libro de texto deba ser rehecho y reimpreso periódicamente sigue siendo bastante ajena a la mente professoral, como lo es, en verdad, la idea de que el cuidado de los libros de texto y las publicaciones sea una función universitaria en absoluto. A nadie le sorprende una propuesta de destinar 800 o 1000 libras al año a una nueva cátedra en cualquier materia, pero aplicar esa suma anualmente como un gasto fijo a la revisión y perfección de un libro de texto específico parecería, aun hoy, algo fantásticamente extravagante para la mayoría de los universitarios. Sin embargo, ¿qué podría ser más obviamente útil para una enseñanza sólida y rigurosa que el hecho de que una universidad, o un grupo de universidades, mantuviera a un profesor en cada una de las principales materias de instrucción, cuya labor no fuera ni la enseñanza tal como se entiende hoy ni la investigación, sino la edición crítica y exhaustiva del manual universitario de su asignatura, un libro de texto que