mente, para que la usen como un sustituto barato de los cimientos intelectuales y éticos adecuados; de los cimientos éticos que son la escolarización y de los cimientos éticos que son el hábito. Debo confesar que solo hay un tipo de hombre cuya insistencia en la enseñanza religiosa en las escuelas por parte de los maestros ordinarios puedo entender, y ese es el Ateo convencido, el hombre que cree que el placer sensorial es todo cuanto hay de placer, y la virtud nada más que una capucha para frenar la impetuosidad de la juventud hasta que se adquiere la discreción, el hombre que cree que no hay nada más en el mundo que un duro hecho material, y que tiene tanto respeto por la verdad y la religión como por el estiércol de establo. A ese hombre le resulta conveniente profesar una versión laxa de la religión popular, y por lo general lo hace, e invariablemente quiere que a sus hijos se les «enseñe» religión, porque no cree en absoluto en Dios, en la bondad ni en la espiritualidad, hasta el punto de que no puede imaginar que los jóvenes hagan siquiera lo correcto para mantenerse sanos y prósperos, a menos que se les engañe para lograrlo.
Igualmente innecesario es el intento escolástico de apropiarse de las relaciones del niño con la «naturaleza», el arte y la literatura. A juzgar por las revistas pedagógicas y por las palabras de los entusiastas escolásticos, cualquiera diría que ningún ser humano descubriría jamás que existe algo llamado «naturaleza» de no ser por el maestro de escuela y una cita de Wordsworth. Y esta naturaleza, tal como la presentan, no es en realidad naturaleza en absoluto, sino una admiración facticia por ciertos aspectos aislados del universo considerados convencionalmente «naturales». Pocos maestros de escuela han descubierto que para cada individuo hay ciertos aspectos del universo que resultan especialmente atractivos, y que esa atracción forma parte de la individualidad: distinta en cada ser humano y totalmente fuera de su alcance.