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nydus/Mankind in the MakingPublic
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V. Las fuerzas creadoras de hombres del Estado moderno

mismo y de mis semejantes según los criterios de una perfección remota, a calibrar la magnitud de este complejo atolladero de deficiencias artificiales y evitables a través del cual luchamos? ¿Es preciso, en verdad, pasar una vez más revista a la estupidez bucólica, la astucia comercial, la vulgaridad urbana, la hipocresía religiosa, las pamplinas políticas y todo el desorden en bruto de nuestra civilización incipiente para que se nos conceda el punto? ¿Qué beneficio hay en semejante revisión? Más bien puede abrumarnos con la magnitud de lo que intentamos hacer. No nos detengamos en ello, en todo lo que el hombre civilizado medio aún no logra alcanzar; admitamos su imperfección y, por lo demás, mantengamos firmemente ante nosotros esa hermosa, seductora y razonable concepción de todo lo que, incluso ahora, el hombre medio podría ser.

Sin embargo, la tentación del contraste eficaz empuja a contraponer a esa criatura limpia y hermosa una presentación vívida de lo ordinario, a esbozar en unos pocos trazos simples al ser mezquino y desgarbado de nuestra vida moderna, con sus ropas mal confeccionadas, su porte torpe, medio temeroso y medio brutal, su habla tosca y defectuosa, su trabajo sombrío e imbécil, su hogar cochambroso, imposible, sin baño, sin arte y sin comodidades; a uno le incita a sugerirlo en alguna fase de su actividad típica, «divirtiéndose» en un día festivo (Bank Holiday), o regocijándose, con una pluma de pavo real en la mano, el sombrero ladeado y la voz completamente destrozada, en alguna ocasión de festividad pública —con la derrota de un enemigo numéricamente inferior, por ejemplo, o la decisión de algún gran acontecimiento internacional en el béisbol o el críquet—. Esto, diría uno, hemos hecho a partir de aquello, planteando así la pregunta del Nuevo Republicano: «¿No podemos hacerlo mejor?». Pero esto se ha hecho tantas veces sin que surja jamás el menor soplo de remedio. Lo

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