de las limitaciones inevitables de uno, ser veloz, en verdad, pero no precipitado, ser fuerte pero no violento, estar tan vigilante de uno mismo como le sea dado a uno estarlo, es el deber manifiesto de todos los que deseen servir a la Nueva República. Para el Nuevo Republicano, al igual que para su precursor el puritano, la conciencia y la disciplina deben impregnar la vida. Debe ser gobernado por los deberes y un cierto ritual en la vida. Cada día y cada semana debe reservar tiempo para leer y pensar, para comulgar con los demás y consigo mismo; debe ser tan celoso de su salud y su fuerza como los levitas de antaño. Si en esta generación podemos hacer tan solo unos pocos miles de tales hombres y mujeres, hombres y mujeres que no temen vivir, hombres y mujeres con una fe común y un entendimiento común, entonces, en verdad, nuestra obra estará hecha. Ellos, a su debido tiempo, tomarán este mundo como un escultor toma su mármol y lo moldearán mejor que todos nuestros sueños.
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XI. La parte del propio hombre
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