que esta enseñanza, tan excepcional en la consecución de su objetivo, sea todavía más rápida y sencilla, y para elevar el nivel medio hasta el de los mejores actuales. Ya hemos sugerido, como labor de una Sociedad de la Lengua Inglesa imaginaria, cuánto podría hacerse para proporcionar en todas partes, de forma económica e ineludible, los mejores libros de lectura posibles, y es evidente que el nivel de los cuadernos de caligrafía también podría elevarse mediante métodos similares. Además, debemos considerar —lo que para mí es un tema de lo más antipático— la posible racionalización de la ortografía inglesa. Confesaré francamente que conozco el inglés tanto por la vista como por el sonido, y que cualquier alteración extensa o llamativa, de hecho, casi cualquier alteración en la apariencia impresa del inglés, me inquieta enormemente. Incluso pequeñeces como la debilidad del Sr. Bernard Shaw de escribir «Ive» en lugar de «I've», y los términos estadounidenses «favor», «thro» y «catalog» llaman mi atención mientras viaja por el sendero del significado, como zarzas rastreras. Pero he de admitir que este hábito de la ortografía antigua, que estoy seguro de que la mayoría de las personas mayores de veinticuatro años comparten conmigo, no nos molestará ni a mí ni a nadie que lea libros en el año 1990. He de admitir que el asunto es una anécdota de mis circunstancias. He aprendido a leer y escribir de una manera determinada, me importa lo que se dice y no el vehículo, y por eso me angustia cuando el medio se comporta de forma inusual y distrae mi atención de lo que transmite. Pero si es cierto —y creo que debe de serlo— que la ortografía sumamente arbitraria del inglés (y más especialmente la de las palabras inglesas más habituales) incrementa enormemente la dificultad de aprender a leer y escribir, no creo que deba permitirse que la comodidad mental de una o dos generaciones de personas adultas obstaculice una economía permanente en el proceso educativo. Creo incluso que un lector como yo
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VI. ESCOLARIZACIÓN
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