Estos científicos mattoids hacen un ataque directo y desastroso contra la autoestima latente de los criminales.
Y no solo contra esa tierna planta, sino también contra las fuentes de la caridad humana hacia la clase criminal. Pues ante el complejo y variado capítulo de casualidades que arrastra a los hombres a esa red de precauciones, recursos, prohibiciones y represalias vindicativas —la red de la ley—, pretenden hacernos creer que existe una necesidad fatal inherente a su ser.
Los criminales nacen, no se hacen, alegan. Ya no debemos decir: «Allí, si no fuera por la gracia de Dios, voy yo» —cuando el convicto desfila ante nosotros—, sino: «Allí va otra clase de animal que se está distanciando de mi especie y al que con mucho gusto vería exterminado».
Ahora bien, todo hombre que ha escrutado su corazón sabe que esta formulación de la «criminalidad» como una cualidad específica es una estupidez; sabe que él mismo es un criminal, al igual que la mayoría de los hombres saben que son unos bribones en el plano sexual.
Ningún hombre nace con un respeto instintivo por los derechos de cualquier propiedad que no sea la suya, y pocos con pasión por la monogamia.
Ningún hombre que no sea una criatura escandalosamente vana e insensata dejará de confesar para sus adentros que, de no ser por las ventajas y los accidentes, de no ser por una vacilación fortuita o una timidez providencial, él también habría estado allí, bajo los ridículos calibres de una antropología desprovista de ingenio.
Un criminal es, sin duda, de menor valor personal para la comunidad que un ciudadano respetuoso de la ley de su misma categoría general, pero de ahí no se sigue ni por un momento que sea de menor valor como progenitor.