perfección en las cabañas de Hampshire y West Sussex— está cobrando agilidad, tal vez de las mismas fuentes. Los escoceses están adquiriendo el uso inglés de shall y will, y la confusión de la reconstrucción es universal entre nuestras vocales. La w alemana del señor Samuel Weller ha sido borrada en el espacio de una generación más o menos.
No hay razón alguna por la cual este desarrollo natural del inglés uniforme del siglo venidero no deba ser grandemente impulsado por nuestros esfuerzos deliberados, por la cual no deba ser posible dentro de poco tiempo definir una pronunciación estándar de nuestra lengua.
Es un asunto mucho menos importante que el de un vocabulario y una fraseología uniformes, pero sigue siendo una necesidad muy notable.
Tenemos disponible ahora, por primera vez, en las formas más altamente evolucionadas del fonógrafo y el teléfono, un medio para almacenar, analizar, transmitir y consultar sonidos, que debería ser de un valor muy considerable en el intento de lograr que una buena y hermosa pronunciación del inglés sea uniforme en todo el mundo.
No sería absurdo exigir a todos aquellos que se capacitan para la labor educativa la lectura en voz alta de largos pasajes en el acento estándar.
En la actualidad no existe tal requisito en Inglaterra y, con demasiada frecuencia, nuestros maestros de educación elemental al menos, en lugar de ser misioneros de la pureza lingüística, son centros de difusión de perversiones confusas y viciosas de nuestra habla.
Es verdad que deben leer y recitar en voz alta en sus exámenes de aptitud, pero sin ninguna prohibición específica de las entonaciones provincianas.