Lo haría, si estos puntos fueran realmente puntos, si la «belleza», la «capacidad», la «salud» y la «cordura» fueran cosas simples y uniformes. Desafortunadamente no son simples, y con ese hecho surge una multitud de dificultades. Permítanme tomar primero el caso más simple y obvio de la «belleza».
Si la belleza fuera una cosa simple, sería posible clasificar a los seres humanos en una escala sencilla, según tuvieran más o menos de esta cualidad simple, tal como se puede hacer en el caso de cualidades que quizá sean realmente simples y reproducibles mediante la cría: la altura o el peso.
Esta persona, se podría decir, está en el ocho en la escala de la belleza, y esta en el diez, y esta en el veintisiete.
Pero el caso se complica más allá de las posibilidades de una escala semejante cuando uno empieza a considerar que hay variedades y tipos de belleza que presentan divergencias muy amplias y que están compuestos por un número variable de elementos en proporciones disímiles.
Existe, por ejemplo, la belleza rubia y bondadosa del tipo holandés, la judía morena, la alta y bella escandinava, la suritaliana, oscura y brillante, la noble romana, la delicada japonesa —por no mencionar otras—.
Cada uno de estos tipos posee sus rasgos peculiares e inmensurables, y dentro de los límites de cada tipo encontraréis un centenar de estilos divergentes, casi inanalizables, una belleza de expresión, una belleza de porte, una belleza de reflexión, una belleza de reposo, nacidas cada una de una proporción muy peculiar de partes y cualidades, y que no guardan relación definible en absoluto con ninguna de las demás.
Si imagináramos que la apariencia humana está compuesta por ciertos elementos, a, b, c, d, e, f, etc., entonces podríamos suponer que la belleza