En el caso del empleo público y gubernamental y de las industrias grandes y bien organizadas, el camino es recto y abierto, y las perspectivas muy esperanzadoras.
Dondequiera que se den licencias, aranceles y cualquier tipo de registro, existen medios viables para implantar este recurso. Pero allí donde el empleo es cambiante y esporádico, o está libre de regulación, tenemos un desgarro en nuestro tamiz social, y el inferior sumiso y ávido seguirá entrando: los fracasados de nuestra propia raza, el inmigrante de tierras más viles, malbaratando desesperada y desastrosamente el trabajo frente a nuestros ciudadanos sanos.
Obviamente debemos recurrir a todos los artificios posibles para remendar estas grietas, promoviendo la organización de empleos de cualquier manera que no obstaculice el progreso en la producción económica.
Y si podemos persuadir a los Sindicatos —y hay indicios de sobra de que la vieja concepción medieval de las limitaciones gremiales estancas está perdiendo fuerza en esas organizaciones— para que faciliten el movimiento de los trabajadores de un oficio a otro bajo la presión cambiante del empleo inestable y de la economía cambiante de producción, habremos avanzado mucho para elevar las posibilidades del operario ascendente hasta el nivel del hogar mínimo permisible para los niños.
Estas cosas —sipi pudiéramos llevarlas a cabo— nos dejarían con una especie de Problema de los Desempleados clarificado en nuestras manos. Nuestro Salario Mínimo habría filtrado a esta gente y, siempre que existiera lo que ya está naciendo, un sistema inteligente de agencias de empleo, tendríamos muchas más razones que las actuales para concluir que estaban desempleados principalmente debido a una verdadera incapacidad de carácter, fuerza o inteligencia para una ciudadanía eficiente.