de marinas extranjeras, que por nacimiento y formación eran «caballeros». Al encontrarse con ellos socialmente, sin duda se referían a eso; en la guerra, la desventaja podría resultar ser al revés.] Del hecho de que la monarquía hereditaria y la aristocracia de Gran Bretaña sean cada vez menos representativas de la realidad económica, y cada vez más falsas para con las necesidades reales del mundo, no se deduce que vayan a desaparecer, del mismo modo que las fiebres palúdicas no desaparecerán de la sangre de un hombre por ser ajenas al propósito general de su ser. Estas cosas solo desaparecerán cuando un número suficiente de personas suficientemente capaces y poderosas decida que deben desaparecer. Hasta entonces permanecerán entre nosotros, influyendo negativamente en las cosas que los rodean, como está en su naturaleza hacerlo.
Antes, sin embargo, de que se pueda encontrar un cuerpo de hombres suficientemente grande y capaz para abolir estas farsas, estas farsas que necesariamente deben obstaculizar y limitar el desarrollo de nuestros hijos, es necesario que tengan alguna idea clara de aquello que ha de sucederles, y la verdadera seguridad de estas instituciones obsoletas radica en gran medida en el hecho de que en el presente lo que ha de sucederles no se define a sí mismo. Se asume con demasiada frecuencia que la alternativa a un gobierno más o menos hereditario es el republicanismo democrático de tipo estadounidense, y la defensa del primero suele consistir en una acusación del segundo, complicada en casos muy ilógicos por la afirmación (extraída del ejemplo francés) de que las repúblicas son inestables. Pero no se sigue que por condenar las obvias farsas del sistema británico uno deba aceptar las farsas de los Estados Unidos. Si bien en Gran Bretaña tenemos un sistema que encubre y obstaculiza lo mejor de nuestra raza bajo una serie de desigualdades artificiales, la teoría estadounidense de la igualdad esencial de todos los hombres tampoco está de acuerdo con la realidad de la vida.