diferenciada e individualizadas, sistemas económicos menores completos, y preservan una tradición de lo que antaño fue conveniencia y economía administrativas. Hoy, sostengo, no representan en absoluto a comunidades, y se vuelven más derrochadoras y más incómodas con cada nuevo cambio en la necesidad económica.
Este es un doble cambio. Permítanme ante todo decir unas palabras para justificar mi primera afirmación de que las áreas existentes no representan comunidades, y pasar luego a alguna consecuencia necesaria de este hecho.
Sostengo que antes de los ferrocarriles, es decir, en los días en que surgió la concepción actual de las áreas de gobierno local, los pueblos, y más aún los municipios, e incluso los condados, eran sistemas económicos menores prácticamente completos. La riqueza de la localidad era, grosso modo, local; los ricos residían en contacto con su propiedad, los demás vivían en contacto con su trabajo, y era una suposición legítima que un radio de una milla más o menos, o de unas pocas millas, circunscribía la mayoría de los intereses prácticos de todos los habitantes de una localidad.
Había ricos y pobres en relaciones visibles; había terratenientes y arrendatarios, amos y obreros, todos juntos. Pero ahora, a través de una revolución en los métodos de locomoción, y principalmente mediante la construcción de ferrocarriles, esto ya no es verdad. Todavía se pueden ver los pueblos y ciudades separados por espacios de campos y físicamente distintos, pero ya no ocurre que todos los que habitan en estos viejos límites sean esencialmente habitantes locales y mutuamente interdependientes como lo habrían sido antaño.
Una gran proporción de nuestra población hoy en día, una proporción grande y creciente, no tiene ningún interés localizado tal como una persona del siglo XVIII habría entendido la localidad.