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nydus/Mankind in the MakingPublic
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VII. INFLUENCIAS POLÍTICAS Y SOCIALES

Por entonces surgió una teoría —reforzada por la retirada de los asuntos de Estado por parte del monarca—, que todavía hoy se oye repetir, según la cual Gran Bretaña era una «república coronada», la corona no era más que un símbolo conservado por el «buen sentido innato» del pueblo británico y, de algún modo automático que no se explicaba con claridad, los viejos vestigios de privilegio como la Cámara de los Lores desaparecerían de inmediato. Uno encuentra esta confianza ciega en el Progreso hacia la igualdad política —un Progreso que no requería ningún esfuerzo humano, sino que era inherente al orden de las cosas— muy fuerte en Dickens, por ejemplo, quien habló por el inglés medio como ningún escritor posterior puede decirse que lo haya hecho. Esta creencia encajaba a la perfección con esa disposición a rehuir las crisis, con ese miedo vulgar a la acción vulgar que, hay que admitir con pesar, fue muy a menudo una característica de los ingleses del siglo XIX. Entre los ingleses existía la idea de que hacer cualquier cosa de índole positiva para instaurar una República no solo era totalmente innecesario, sino inevitablemente perjudicial, puesto que era evidente que implicaba combates callejeros y un gobierno provisional dirigido por hombres audaces, malvados, manchados de sangre y vulgares, en mangas de camisa, como elementos esenciales del proceso. Y bajo la influencia debilitante de esta gran teoría automática —la teoría de que nadie tenía que preocuparse porque el asunto iba a suceder de todos modos, y de hecho ya estaba llegando para todos aquellos con ojos para ver—, el republicanismo no tanto murió como se sumió en el sueño. Todo iba bien, nos decía el liberalismo: la Corona era una ficción legal, la Cámara de los Lores era un anacronismo interesante y, en esa fe fue, sin duda, en la que los últimos republicanos, el Sr. Bright y el Sr. Joseph Chamberlain, «besaron las manos».

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