Si bien las Opciones Benéficas atrapan, tal vez, los casos totalmente desesperados, dejan intacta la masa mucho más extensa de nacimientos en hogares no indigentes, no muy prósperos —los hogares de la clase media baja en las ciudades, por ejemplo, que abastecen a nuestra comunidad con una gran proporción de adultos mal desarrollados—. El señor Seebohm Rowntree, en su obra «La pobreza» (Poverty, ese libro noble, capaz y valioso), ha demostrado que casi el treinta por ciento, al menos, de la población de una ciudad inglesa típica carece de las necesidades físicas de la vida. Esta gente se pone a la defensiva con fiereza en asuntos de esta índole, y uno no puede usurpar ni compartir su responsabilidad parental, por mal que la cumplan, del mismo modo que uno no puede tocar la camada de una loba.
Estas consideraciones por sí solas bastarían para hacernos muy sospechoso el método filantrópico de asistencia directa, en lo que respecta al aspecto curativo. Pero hay otra objeción más radical y global a este método. Las instituciones filantrópicas, de hecho, rara vez logran hacer lo que profesan y pretenden hacer.
No aludo aquí a los innumerables estafadores e instituciones falsas que exigen un tributo tremendo a los incautos de buen corazón. Dejando completamente de margen ese despilfarro, y hablando únicamente de aquellas instituciones bonâ fide que satisfarían al señor Labouchere, estas no funcionan. Una cosa es que la persona inactiva, influyente y opulenta, dotada de buenas intenciones, proporcione un edificio magnífico y una generosa dotación para algún fin específico, y otra muy distinta alcanzar en realidad el fin ostensible de ese despliegue.
Es fácil crear un efecto general de proporcionar consuelo y tierno cuidado a las mujeres indefensas que van a ser madres, y de atender, formar y educar a sus hijos, pero, a la fría luz de los hechos, es imposible conseguir suficientes personas capaces y entregadas para hacer el trabajo.