§ 1
En los últimos años del periodo escolar llega el alba del proceso de la adolescencia, y el simple egoísmo, los afectos egoístas del niño empiezan a verse perturbados por nuevos intereses, nuevos impulsos vagos y, al poco tiempo, por un torrente de emociones aún sin forma.
La raza, la especie, reclama al individuo, esforzándose por asegurárselo para sus fines más elevados. En el espacio de unos pocos años, el muchacho y la muchacha casi asexuados se han vuelto conscientemente sexuales, se sienten turbados por las todavía misteriosas posibilidades del amor, son aiguijoneados por el descontento y la aventura, y se extienden de manera imaginativa o activa hacia lo que es, por fin, el recomienzo de las cosas, el hecho esencial en la perenne remodelación del orden del mundo.
Esto es en verdad algo así como un segundo nacimiento. En su comienzo, el niño que hemos conocido empieza a alejarse, la nueva individualidad se agrupa con una especie de tímida reserva y se retira de la confiada intimidad de la infancia hacia una reclusión secreta; todos los padres conocen esa pérdida; en su final tenemos a un adulto, formado y determinado, para quien en verdad el drama y el conflicto de la vida todavía no hacen más que empezar, pero que está, sin embargo, en un sentido muy serio, acabado y hecho.
El pintoresco, entrañable y larvario ser humano se ha transformado así en la imago completa, ante la cual ya no hay más cambios de especie, salvo la vejez y la decadencia.
Este desarrollo del ser sexual, de los sueños personales y de la imaginación adulta ya comienza en los primeros años de la adolescencia. Continúa a