En medio del colapso del viejo Humanismo Individualista, los Derechos del Hombre, la Igualdad Humana y el resto de esas amplias generalizaciones que sirvieron para mantener unidos a tantos hombres de buena intención en la era que ha llegado a su fin, ha habido una precipitada carrera hacia refugios obvios, y muchos hombres se han visto obligados a refugiarse bajo este patriotismo resonante a falta de un lugar de reunión mejor.
Es como un incidente durante un terremoto, cuando hombres que han abandonado una fortaleza agrietada se refugian en una taberna. Pero las mismas conmociones que han destrozado las viejas fortalezas de los hombres altruistas, se descubrirá pronto que están tomando la forma de un nuevo lugar de encuentro —y de esto la Nueva República presenta una primera conjetura y anticipación—. No veo cómo los hombres, salvo en la emergencia más inesperada, pueden conformarse con aceptar una convención tan artificial como el patriotismo moderno ni por un solo momento.
Por un lado están los patriotas de la nacionalidad que pretenden hacernos creer que la amalgama de colonos europeos en el Transvaal es una nación y la del Cabo otra, y por el otro los patriotas del Imperio que querrían que yo, por ejemplo, salude como mis conciudadanos y colaboradores en la construcción de la humanidad a una muchedumbre de dravidianos de habla y pensamiento tamil, al mismo tiempo que me separan de cualquier persona de habla y pensamiento inglés que viva al sur de los Grandes Lagos.
Mientras los hombres se contenten con trabajar en los surcos trazados para ellos por hombres muertos, con extraer todos sus significados del pasado, con aceptar todo lo que es como correcto y dejarse llevar ante las compulsiones de estas aquiescencias, podrán hacerlo.