alguna otra condición? Tenemos que hacer exactamente la misma pregunta sobre la democracia americana y la constitución americana. ¿Va a durar para siempre esa última disposición? No podemos evitar contribuir a estos desarrollos y, si tenemos alguna pretensión de sabiduría, debemos tener alguna teoría de lo que pretendemos con respecto a estas cosas; la acción política seguramente no puede ser otra cosa que insensatez a menos que tenga un propósito claro en el futuro. Si estas cosas no son sempiternas, ¿hemos de limitarnos simplemente a remendar el tejido a medida que cede, o vamos a disponernos a reconstruir —poco a poco, por supuesto, y sin cerrar el local ni detener el negocio, pero, sin embargo, según algún plan claro y comprensivo? Si es así, ¿cuál ha de ser el plan? ¿Nos permite retener de una forma más o menos modificada, o nos urge a deshacernos de, la Corona británica? ¿Nos permite retener o nos urge a modificar la constitución americana? Esa es la forma, me parece a mí, bajo la cual la cuestión del republicanismo como alternativa a las instituciones existentes debe volver próximamente al campo del debate público en Gran Bretaña; no como una cuestión de estabilidad política ni de derechos individuales esta vez, sino como un aspecto de nuestro esquema general, nuestro esquema para hacer que el mundo sea más libre, más estimulante y más fortalecedor para nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos; para los hijos tanto de nuestros cuerpos como de nuestros pensamientos.
Es interesante recordar las suposiciones bajo las cuales los últimos vestigios del republicanismo militante se extinguieron en Gran Bretaña. Todavía avanzada la segunda mitad del reinado de la reina Victoria, había muchos en Inglaterra que eran, y se declaraban abiertamente, republicanos, y existía el firme convencimiento de que el país avanzaba lentamente hacia la constitución de una república democrática.