El Humanitarian era su órgano mensual de propaganda. Bajo su cubierta, que presentaba un ideal luminoso y descarnado de musculatura ejemplar, predicadores populares, obispos populares y antropólogos populares competían con damas tituladas de tendencias liberales al servicio de esta concepción.
Había en él mucho sobre la Rápida Multiplicación de los Incapaces, una frase nunca explicada del todo, y debo confesar que la presencia transitoria de esta instructiva revistita en mi casa, mes tras mes (hoy en día, por desgracia, ya no existe), contribuyó en gran medida a centrar mi atención en los vacíos y las dificultades que median entre la proposición general y su aplicación práctica por parte de hombres sensatos y honestos.
Uno lo cogía y se preguntaba una y otra vez: «¿Por qué hay este extraño tufo de absurdidad y pretenciosidad en todo el asunto?».
Antes del periodo humanitario, yo estaba enteramente de acuerdo con la causa del humanitario.
Me parecía entonces que impedir la multiplicación de personas por debajo de cierto nivel, y alentar la multiplicación de personas excepcionalmente superiores, era el único modo real y permanente de remediar los males del mundo. Sigo pensando eso. De ese modo el hombre ha surgido de las bestias, y de ese modo los hombres se elevarán hasta ser superhombres. En aquellos días me preguntaba con asombro por qué no se hacía tal cosa, y decía las necedades de costumbre sobre la obstinación y estupidez del mundo. Solo después de una considerable cantidad de reflexión e indagación empiezo a comprender por qué, tal vez durante muchas generaciones, nada por el estilo puede hacerse de ningún modo, salvo de la manera más marginal y tentativa.
Si mañana el mundo entero firmara un memorial unánime dirigido al Sr. Francis Galton y a la Sra. Victoria Woodhull Martin, admitiendo de