infinitamente complejos e entrelazados que llenan ese perfil de incesante interés puede demostrarse, mediante un análisis cuidadoso, que son también más o menos directamente reproductivos. El esfuerzo del trabajo diario de un hombre rara vez es solo para él mismo; se destina a alimentar, vestir y educar a esas consecuencias cardinales de su ser: sus hijos; construye para ellos, planta para ellos, hace planes para ellos; su vida social, sus intereses políticos, sean cuales fueren sus motivos inmediatos, tienden en última instancia a asegurar el bienestar de ellos. Aún más obviamente es este el caso de su esposa.
Aun en el descanso y la recreación la vida sigue manifestando su calidad; los libros que lee el hombre común giran enormemente en torno a los devaneos amorosos, su teatro difícilmente presenta una obra que no tenga principalmente un fuerte interés amoroso, su arte alcanza sus triunfos más consumados en la Venus y la Virgen, y su música está saturada de sugerencias de amor.
No solo ocurre esto con la vida recta y adecuada, sino que la mayor parte de aquellos actos que llamamos viciosos extraen su estímulo y placer de los impulsos que secundan este hecho sustentador de nuestro ser, y son viciosos únicamente porque eluden o malogran su fin propio.
Esto no es en absoluto un descubrimiento nuevo, lo único nuevo es que se le haya arrancado la careta. En casi todos los sistemas religiosos y morales del mundo, en efecto, la masa predominante de la exposición sobre el pecado y la virtud salvadora gira de forma positiva o negativa en torno al nacimiento. De manera positiva en los enormes énfasis, en los valores sacramentales que se concentran en el matrimonio y en las circunstancias iniciales del ser, y de manera negativa en mil rechazos significativos.