peligros: el vicio, que siempre la ha amenazado, y la virtud mórbida, que convertiría el corazón mismo de la vida en fealdad y vergüenza. ¿Cómo vamos nosotros —o, para ir más al grano, cómo va el jurado promedio— a distinguir entre estas tres cosas: entre el conocimiento aconsejable, el conocimiento presentado de manera corruptora y el conocimiento innecesario e indeseable? En la práctica, bajo las leyes que he esbozado, es muy probable que el mal florezca extraordinariamente y que la información necesaria sea reprimida sin piedad. Muchas de nuestras leyes y disposiciones actuales sobre la decencia pública operan de ese modo. Al muchacho de los recados no se le permite mirar la Venus de Médici, pero puede atiborrarse la mente con los cotilleos de cómo los «acomodados» andan tras las coristas y por qué Lady X cerró la puerta con llave. Aquí solo cabe abogar, como en todas partes, por que ninguna ley ni declaración concisa puede salvarnos sin la sabiduría —una sabiduría y una conciencia generales y crecientes— que intervenga en la administración detallada de cualquier ley que el propósito general haya creado.
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VIII. El cultivo de la imaginación
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