niñera y de la madre— una falta de la más alta limpieza posible y una falta de salud y vitalidad. Y la ausencia de un consejo médico altamente especializado, o las atenciones de profesionales sobrecargados de trabajo y poco cualificados, pueden convertir una crisis transitoria o una dolencia pasajera en una lesión permanente o un trastorno fatal.
Es muy dudoso que estas condiciones tan favorables le correspondan en suerte a más de una cuarta parte de los niños que nacen hoy, incluso en Inglaterra, donde la mortalidad infantil se encuentra en su punto más bajo.
El resto empieza con desventaja. Empiezan con desventaja y no alcanzan su máximo desarrollo posible.
Nacen de madres preocupadas por la necesidad de ganarse la vida o por ocupaciones vanas, o ya maltrechas y agotadas por la procreación desmedida; nacen en entornos de insania y hogares feos o incómodos, sus madres o nodrizas son ignorantes e incapaces, falta alimento o asesoramiento competente, no hay para sus pulmones, si son niños de ciudad, más que aire vitiado, y no hay suficiente luz solar para ellos.
Y en consecuencia decaen desde el mismo principio de lo que podrían haber sido y, en su mayor parte, nunca recuperan la ventaja perdida.
A cuánto asciende exactamente esta desventaja, en lo que respecta a sus consecuencias físicas, puede medirse mediante ciertas cifras casi clásicas, que aquí me he atrevido a presentar nuevamente de forma gráfica. Estas cifras no presentan nuestro fracaso total, sino que muestran simplemente cuánto se queda corto el sector menos afortunado de la comunidad en comparación con el más afortunado. Están tomadas del System of Medicine de Clifford Allbutt (art. «Hygiene of Youth», del Dr. Clement Dukes). Se midió y pesó a 15.564 niños y