Ciertas cosas que han sido tratadas con cierto acierto por poetas y artistas (en su mayoría muertos y de prestigio académico) son consideradas por ellos como la Naturaleza, y el resto del mundo, la mayor parte del mundo en el que vivimos, como una especie de intrusión en ese canon. Proponen un canon caprichoso e ilógico. Los árboles, los ríos, las flores, los pájaros, las estrellas —son y han sido durante muchos siglos la Naturaleza—, al igual que los campos arados —en realidad lo más artificial de todo— y todo el aparato del agricultor, el ganado, las alimañas, las malas hierbas, las hogueras de rastrojos y todo lo demás. Un viejo terraplén de hierba para proteger los campos bajos es la Naturaleza, al igual que todo el conjunto de aparatos en torno a un molino de agua; un nuevo terraplén para almacenar el suministro de agua urbano, aunque sea una masa de espléndidas malas hierbas, es artificial y feo. Un molino de viento de madera es la Naturaleza y es hermoso; un letrero luminoso en el cielo, atroz. Las montañas se han convertido en la Naturaleza y en hermosas en los últimos cien años, e incluso los volcanes. El Vesubio, por ejemplo, es grandioso y hermoso, su olor a ferrocarril subterráneo resulta de lo más impresionante, su efecto nocturno es estrepitoso; pero las montoneras de escoria incandescente de Burslem, las maravillas de la puesta de sol del Black Country, el maravilloso anochecer teñido de fuego de las Cinco Ciudades, estas cosas son horribles, ofensivas y vulgares más allá de lo que permite el lenguaje escolástico. semejante masa de inconsistencias apelmazadas, semejante confusión desaforada de prácticas mentales viciosas es lo que tiene en mente el maestro de escuela cuando habla de que los niños adquieran el amor a la Naturaleza. Se les debe entrenar, en contra de todas sus inclinaciones mentales, para observar y citar los objetos naturales canónicos, y para no observar, sino más bien evitar y menospreciar todo lo que quede fuera del canon, transmitiendo así el amor ortodoxo a la Naturaleza a otra generación.
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V. Las fuerzas creadoras de hombres del Estado moderno
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