es una segunda función en la escuela.
Hallamos en un amplio estudio de las escuelas en general que también ha existido la disposición a desarrollar un entrenamiento especial en el pensamiento y la expresión, ya sea en la lengua materna (como en las escuelas romanas de oratoria latina), o en la lengua de cultura (como en las escuelas romanas de oratoria griega), y encontramos el mismo elemento en el trivium medieval.
La concepción de la educación de Quintiliano, como recordará el lector, era la oratoria. Este aspecto de la labor escolar era el desarrollo tradicional y lógico de la enseñanza de la lengua de cultura.
Pero como en Europa la lengua de cultura ha dejado de ser verdaderamente una lengua de cultura para convertirse meramente en una supervivencia sin razón de ser, y su enseñanza ha degenerado cada vez más en formalidades rebuscadas a las que se supone dotadas de algún modo místico de «alto valor educativo», y que en su mayor parte son llevadas a cabo por hombres incapaces de escribir o hablar la lengua de cultura con soltura o vigor, esta cúspide de la expresión culta se ha vuelto cada vez más inaccesible.
Es demasiado manifiestamente estúpido —incluso para nuestros directores de colegios privados— pensar en llevar la «p>«rutina clásica» a ese extremo y, de hecho, no llevan ninguna parte de la educación a ese extremo. No existe un entrenamiento deliberado y declarado en absoluto para el pensamiento lógico —salvo por el uso de los Elementos de Euclides con ese fin— ni para la expresión en ninguna lengua en absoluto, en la gran masa de las escuelas modernas.
Este es un punto muy notable acerca de las escuelas del período actual.
Pero, por otra parte, las escuelas de la época moderna han desarrollado masas de instrucción que no