Los últimos treinta o cuarenta años han establecido relaciones absolutamente nuevas para nuestros hijos en este sentido. La legislación contra el arte libre y la escritura libre es, y uno espera que siempre sea, profundamente repugnante para nuestros pueblos. Pero una legislación que pusiera el acento no en el indecoro, sino en la accesibilidad para los jóvenes, que martillara con cada cláusula en esa nota, es un asunto completamente distinto. Queremos que el autor de pantomimas, el propietario del «cómico» de un penique, el cartelista y el artista de music-hall sean extremadamente cuidadosos, escrupulosamente limpios, pero no queremos, por ejemplo, hostigar al señor Thomas Hardy.
Sin embargo, hay peligro en todo esto. La supresión de las sugerencias prematuras y abyectas no debe extralimitarse y sofocar ni el pensamiento maduro (al que se le ha dado la cicuta no una, sino muchas veces con este pretexto en particular) ni la destrucción del conocimiento común necesario. Si comenzamos a buscar sugerencias e indecencia, se puede argüir que terminaremos por llevar todas estas cosas a la clandestinidad. La juventud llega hoy a la vida adulta entre dos