microcosmos de cada individuo, como en el microcosmos de la especie, esta inundación es un problema fundamental.
Y por su propia naturaleza esta es una discusión de especial dificultad, porque nos toca a todos —salvo a unas pocas almas singulares— de manera muy íntima y muy perturbadora.
Me había propuesto titular este ensayo «El sexo y la imaginación», y entonces tuve una visión repentina de lo que suele suceder. La visión mostraba a un lector ocasional sentado en una biblioteca, hojeando libros y revistas y descartando gran cantidad de excelente sabiduría, para luego de repente, por así decirlo, despertarse ante ese título, detenido, mostrando una furtiva alerta, leyendo, sonrojado y ávido, husmeando en el artículo.
Eso, en una viñeta, es el problema en toda esta discusión. ¡Si fuésemos ángeles—! Pero no somos ángeles; todos estamos implicados. Si somos jóvenes estamos metidos de lleno en ello, queramos o no; si somos viejos, incluso si somos bastante viejos, nuestros recuerdos aún se extienden, hilos vivos y sensibles desde nuestra tierna vanidad hasta el gran problema. El desapego es imposible. Lo más cerca que podemos estar del desapego es reconocer eso.
Sobre esta cuestión, la red tragicómica del absurdo humano se vuelve más y más espesa. ¿Cuándo ha habido o habrá jamás una visión lúcida de este gran asunto? He aquí la locura común de nuestra especie, he aquí toda una trama de fina sinrazón a la que, sin duda, en el presente artículo estamos contribuyendo de manera infinitesimal. Uno tiene una visión de procedimientos absurdos: grandes, gordos, sopladores y estrigilados emperadores romanos, pul-cros caballeros parisinos del último cenáculo, el buen san Antonio revolcándose sobre sus espinas y el piadosamente obsceno Durtal sufriendo sus tentaciones expiatorias, Mahoma y Brigham Young recibiendo revelaciones